En el puesto fronterizo de Lircay, el segundo de la costa interior que custodia la frontera de Caerllion con Surgas, es el lugar de operaciones de uno de los más brutales y feroces caballeros que el mundo ha conocido. Su nombre es Ork Gardum, un orco nacido en las vecinas tierras de Surgas, que conoció en carne propia tanto la crueldad como la amabilidad humana, que juró defender el estandarte de Tabeas hasta el fin de sus días, y que aún mantiene en la mira a Surgas, la tierra que le mostró la fragilidad de la vida y los motivos de la venganza.
El sol reinaba en un cielo despejado, el viento soplaba fresco. Ork se hallaba sentado, complacido por un trabajo bien hecho. A su alrededor, una docena de muchachos jóvenes estaban en el suelo magullados, e igual número de espadas de madera esparcidas.
Ork:
¡Ja! Inténtenlo en quince años más, quizás ahí tengan alguna posibilidad.
Ork había vencido a todos y cada uno de los hombres en el suelo, desarmado y sin la suficiente dificultad. Es el resultado de cuando un nuevo recluta llega y duda de las habilidades de su nuevo capitán. Disfrutaba ver el entusiasmo de los nuevos, y del ridículo que hacían en el campo con sus manos aún no instruidas en el correcto manejo de una espada.
Mientras el grupo se ponía de pie lentamente, un vigía llegó al campo. Ork, que llevaba al menos tres años en tal posición, le pareció extraño verlo, como todas las veces en que ello ocurría. Nunca traía noticias de importancia, sin embargo: escuadrones de patrilla de campo, prospectores, civiles que buscaban traspasar la frontera, y uno que otro cazador cazando en zona prohibida.
Ork:
¡HA! ¿De qué se trata esta vez?
Vigía:
Señor: desde dirección a Caerllion ha llegado un capitán de la segunda división, Joseph D’Aubigne. Viene solo, y su caballo parece cansado.
Ork:
¿HM? ¿Un capitanito de la división de Rodas por acá? ¡HA! ¿Qué querrán? Deja que pase.
Ork se puso de pie y estiró los brazos. Dio una señal a los reclutas para que pudieran retirarse a descansar, y luego se dirigió al salón de reuniones. Allí llegó el vigía junto con D’Aubigne un par de minutos más tarde. La aparente delicadeza del capitán le resultó repugnante. Por otra parte D’Aubigne se impresionó de ver a un sucio orco recibiéndole, además de llevar la armadura real completa puesta.
Ork:
El entrenamiento de un verdadero guerrero comienza con el primer rayo de sol en la mañana, y no termina hasta que la última vela se haya consumido.
Las palabras del caballero hubieran sonado menos altaneras si no hubiera deliberadamente elevado el volumen de su voz.
D'Aubigne:
Oh, oui, Monsieur...
El acento del capitán D'Aubigne le pareció irritante
D'Aubigne:
Entrenar duro es la única manera que tienen los comunes de alcanzar un nivel decente.
Ork:
¡Hmph! ¿Y a qué se debe la visita?
D'Aubigne:
Tengo una misión importante que realizar en tierra hostil. Verá, debo mediar un intercambio con el mismo caballero Sir Von Rüden, y debo hacerlo de inmediato. Órdenes de Sir Grendell.
Ork:
… supongo que traerá el permiso correspondiente.
D'Aubigne:
Ya conoce a Sir Grendell, Monsieur. No le gustan los papeles.
La inexistencia de permisos en todas las misiones ordenadas por Sir Grendell desde que fue nombrado por Sir Rodas como su mano derecha siempre ha significado un dolor de cabeza para el riguroso de Ork. La primera vez que esto sucedió, el propio Grendell tuvo que hacerle una visita, al no solo no dejar pasar una caravana de suministros por su puesto, sino de tomar a cada uno de los hombres y mujeres de la caravana y llevarlos a los calabozos, sospechosos de algún movimiento criminal. Desde entonces, más que para evitar reproches de superiores, Ork hacía caso omiso a aquellas irregularidades, para no tener que verle la cara a ese imbécil arrogante.
Ork:
Bien, bien. ¿Y pretende su delicada flor ir solo a esa misión?
D'Aubigne:
Oui, Oui. Pasar inadvertido es crucial para esta misión, y llevar a más hombres conmigo entorpecería la operación de esta delicada flor.
«Tiene sentido. Enviar a un marica a una misión peligrosa en tierra hostil» pensó mientras le sonreía al capitán. Éste le dirigía una similar.
Ork:
Entonces que así sea. Lleve su pony a las puertas de acceso. Ordenaré que las abran y podrá sacar su fino trasero de mi templo.
Cuando D’Aubigne alcanzó el lugar asignado, las puertas ya se hallaban abiertas para su salida. Uno de los hombres de Ork tiraba de las riendas del caballo, mientras el capitán llegaba a su encuentro. En eso, el vigía que había informado de la llegada de D’Aubigne regresó a la presencia de Ork, acompañado de un segundo hombre. D’Aubigne, con su intuición funcionando y sus sentidos alertas, llevó su mano a la empuñadura de su fina espada.
Vigía:
¡Señor! Es un mensajero de la capital… ¡El capitán Joseph D’Aubigne es un fugitivo de la ley!
Ork:
¡¿QUÉ?!
La espada del capitán D’Aubigne centelleó y pronto la garganta del hombre que sostenía su caballo se tiñó de rojo. Tras ello, el capitán tomó su caballo, lo montó en el acto y cruzó las puertas en dirección hacia Düsk. Antes de continuar se detuvo frente al impactado Ork.
D'Aubigne:
Muchas gracias, Monsieur orco. Su ineptitud ha hecho posible completar mi huida. Sinceramente tenía dudas de si usted sería lo bastante idiota como para dejarme pasar… pero creo que lo he subestimado. Adieu!
Acto seguido, D’Aubigne guio a su caballo a galope por el camino hacia la frontera con Surgas. Ork, en tanto dejaba ya de lado su sorpresa para dar paso a su enojo. Al fin la falta de rigor del papeleo había sido causal de un error en su guardia. Mientras los más valientes hombres presentes acudieron a ver el estado del soldado caído, los demás dieron un paso atrás y procuraron ponerse a resguardo. Desde la lejanía vieron cómo las venas del cuello y rostro de Ork se ensanchaban hasta que su superior al fin estalló en un grito que un buen oído hubiera sido capaz de notar a varias leguas.
Ork:
¡LO VOY A DESPEDAZAR! ¡LE PARTIRÉ EL CRÁNEO Y LE ARRANCARÉ EL CORAZÓN CON MIS PROPIAS MANOS! ¡LO JURO! ¡ARRGHH!
Ork tomó su hacha con ambas manos y sin pensarlo dos veces (seguramente sin siquiera pensarlo una vez) empezó a correr siguiendo el camino tomado por D’Aubigne, sin tomar en cuenta la ventaja del caballo que tenía. Ninguno de los soldados se interpuso en su camino, obvio: si lo hicieran, aquellos con suerte sólo perderían un brazo o una pierna. Hablarle en ese estado era igual de inútil. Así se demostró cuando el vigilante de la torre sur informó que desde la dirección de Düsk se aproximaba un grupo de no menos de veinte hombres montados, con resplandecientes armaduras plateadas y un estandarte que jamás había divisado antes en su vida.