jueves, abril 14

Test Diálogos - Huida

En el puesto fronterizo de Lircay, el segundo de la costa interior que custodia la frontera de Caerllion con Surgas, es el lugar de operaciones de uno de los más brutales y feroces caballeros que el mundo ha conocido. Su nombre es Ork Gardum, un orco nacido en las vecinas tierras de Surgas, que conoció en carne propia tanto la crueldad como la amabilidad humana, que juró defender el estandarte de Tabeas hasta el fin de sus días, y que aún mantiene en la mira a Surgas, la tierra que le mostró la fragilidad de la vida y los motivos de la venganza.

El sol reinaba en un cielo despejado, el viento soplaba fresco. Ork se hallaba sentado, complacido por un trabajo bien hecho. A su alrededor, una docena de muchachos jóvenes estaban en el suelo magullados, e igual número de espadas de madera esparcidas.

Ork:

¡Ja! Inténtenlo en quince años más, quizás ahí tengan alguna posibilidad.

Ork había vencido a todos y cada uno de los hombres en el suelo, desarmado y sin la suficiente dificultad. Es el resultado de cuando un nuevo recluta llega y duda de las habilidades de su nuevo capitán. Disfrutaba ver el entusiasmo de los nuevos, y del ridículo que hacían en el campo con sus manos aún no instruidas en el correcto manejo de una espada.

Mientras el grupo se ponía de pie lentamente, un vigía llegó al campo. Ork, que llevaba al menos tres años en tal posición, le pareció extraño verlo, como todas las veces en que ello ocurría. Nunca traía noticias de importancia, sin embargo: escuadrones de patrilla de campo, prospectores, civiles que buscaban traspasar la frontera, y uno que otro cazador cazando en zona prohibida.

Ork:

¡HA! ¿De qué se trata esta vez?

Vigía:

Señor: desde dirección a Caerllion ha llegado un capitán de la segunda división, Joseph D’Aubigne. Viene solo, y su caballo parece cansado.

Ork:

¿HM? ¿Un capitanito de la división de Rodas por acá? ¡HA! ¿Qué querrán? Deja que pase.

Ork se puso de pie y estiró los brazos. Dio una señal a los reclutas para que pudieran retirarse a descansar, y luego se dirigió al salón de reuniones. Allí llegó el vigía junto con D’Aubigne un par de minutos más tarde. La aparente delicadeza del capitán le resultó repugnante. Por otra parte D’Aubigne se impresionó de ver a un sucio orco recibiéndole, además de llevar la armadura real completa puesta.

Ork:

El entrenamiento de un verdadero guerrero comienza con el primer rayo de sol en la mañana, y no termina hasta que la última vela se haya consumido.

Las palabras del caballero hubieran sonado menos altaneras si no hubiera deliberadamente elevado el volumen de su voz.

D'Aubigne:

Oh, oui, Monsieur...

El acento del capitán D'Aubigne le pareció irritante

D'Aubigne:

Entrenar duro es la única manera que tienen los comunes de alcanzar un nivel decente.

Ork:

¡Hmph! ¿Y a qué se debe la visita?

D'Aubigne:

Tengo una misión importante que realizar en tierra hostil. Verá, debo mediar un intercambio con el mismo caballero Sir Von Rüden, y debo hacerlo de inmediato. Órdenes de Sir Grendell.

Ork:

… supongo que traerá el permiso correspondiente.

D'Aubigne:

Ya conoce a Sir Grendell, Monsieur. No le gustan los papeles.

La inexistencia de permisos en todas las misiones ordenadas por Sir Grendell desde que fue nombrado por Sir Rodas como su mano derecha siempre ha significado un dolor de cabeza para el riguroso de Ork. La primera vez que esto sucedió, el propio Grendell tuvo que hacerle una visita, al no solo no dejar pasar una caravana de suministros por su puesto, sino de tomar a cada uno de los hombres y mujeres de la caravana y llevarlos a los calabozos, sospechosos de algún movimiento criminal. Desde entonces, más que para evitar reproches de superiores, Ork hacía caso omiso a aquellas irregularidades, para no tener que verle la cara a ese imbécil arrogante.

Ork:

Bien, bien. ¿Y pretende su delicada flor ir solo a esa misión?

D'Aubigne:

Oui, Oui. Pasar inadvertido es crucial para esta misión, y llevar a más hombres conmigo entorpecería la operación de esta delicada flor.

«Tiene sentido. Enviar a un marica a una misión peligrosa en tierra hostil» pensó mientras le sonreía al capitán. Éste le dirigía una similar.

Ork:

Entonces que así sea. Lleve su pony a las puertas de acceso. Ordenaré que las abran y podrá sacar su fino trasero de mi templo.

Cuando D’Aubigne alcanzó el lugar asignado, las puertas ya se hallaban abiertas para su salida. Uno de los hombres de Ork tiraba de las riendas del caballo, mientras el capitán llegaba a su encuentro. En eso, el vigía que había informado de la llegada de D’Aubigne regresó a la presencia de Ork, acompañado de un segundo hombre. D’Aubigne, con su intuición funcionando y sus sentidos alertas, llevó su mano a la empuñadura de su fina espada.

Vigía:

¡Señor! Es un mensajero de la capital… ¡El capitán Joseph D’Aubigne es un fugitivo de la ley!

Ork:

¡¿QUÉ?!

La espada del capitán D’Aubigne centelleó y pronto la garganta del hombre que sostenía su caballo se tiñó de rojo. Tras ello, el capitán tomó su caballo, lo montó en el acto y cruzó las puertas en dirección hacia Düsk. Antes de continuar se detuvo frente al impactado Ork.

D'Aubigne:

Muchas gracias, Monsieur orco. Su ineptitud ha hecho posible completar mi huida. Sinceramente tenía dudas de si usted sería lo bastante idiota como para dejarme pasar… pero creo que lo he subestimado. Adieu!

Acto seguido, D’Aubigne guio a su caballo a galope por el camino hacia la frontera con Surgas. Ork, en tanto dejaba ya de lado su sorpresa para dar paso a su enojo. Al fin la falta de rigor del papeleo había sido causal de un error en su guardia. Mientras los más valientes hombres presentes acudieron a ver el estado del soldado caído, los demás dieron un paso atrás y procuraron ponerse a resguardo. Desde la lejanía vieron cómo las venas del cuello y rostro de Ork se ensanchaban hasta que su superior al fin estalló en un grito que un buen oído hubiera sido capaz de notar a varias leguas.

Ork:

¡LO VOY A DESPEDAZAR! ¡LE PARTIRÉ EL CRÁNEO Y LE ARRANCARÉ EL CORAZÓN CON MIS PROPIAS MANOS! ¡LO JURO! ¡ARRGHH!

Ork tomó su hacha con ambas manos y sin pensarlo dos veces (seguramente sin siquiera pensarlo una vez) empezó a correr siguiendo el camino tomado por D’Aubigne, sin tomar en cuenta la ventaja del caballo que tenía. Ninguno de los soldados se interpuso en su camino, obvio: si lo hicieran, aquellos con suerte sólo perderían un brazo o una pierna. Hablarle en ese estado era igual de inútil. Así se demostró cuando el vigilante de la torre sur informó que desde la dirección de Düsk se aproximaba un grupo de no menos de veinte hombres montados, con resplandecientes armaduras plateadas y un estandarte que jamás había divisado antes en su vida.

lunes, abril 11

Test Diálogos: "Conspiración I: En el lugar menos indicado"

La noche había terminado, y los primeros rayos del sol se asomaban por las puntas de la cadena montañosa de Qweldor al norte. Las pesquisas que Aisac y Rensic estuvieron haciendo durante toda la noche no habían arrojado muchos resultados sobre el culpable de la desaparición de Milton. Estaban cansados y Mildred les había prohibido ir a descansar hasta que hubieran encontrado algo que les llevara hacia su hermano. Una orden inhumana y particularmente extraña de un hombre que se toma sus problemas con prudencia, y no suele comprometer a sus estudiantes. Se hallaban entonces los dos sentados en la sala contigua al despacho de Mildred Schellden esperando a que saliera del mismo y les dejara ir a dormir o que milagrosamente Milton apareciera, lo que sea para cerrar los ojos al menos un par de horas.

Pero la espera era larga, y Aisac no pudo soportarla. Apoyado sobre la mesa, el joven aprendiz cayó rendido y se puso a dormir. Rensic le miraba en silencio, deseando poder hacer lo mismo, pero su sentido de responsabilidad e intrínseco temor le impedían cerrar los ojos. Mas el sueño ya era irresistible. "Sólo un momento... no será mucho..." intentaba convencerse para al fin dormir un poco, aunque sabía que no lo iba a hacer.

Finalmente la puerta del despacho de Mildred se abrió, suavemente y casi sin hacer ruido. De su interior apareció la cabeza de la organización sosteniendo en sus manos su clásico bastón y un sobre. Mildred cerró con suavidad la puerta y observó luego a los dos jóvenes, sinceramente sorprendido, más que por ver a Aisac durmiendo, por ver a Rensic despierto aún.

Mildred:

Vaya, me sorprende verlo aún con los ojos abiertos, joven Rensic.

Rensic:

S... seguí sus instrucciones, señor.

Mildred:

Bien, aunque deberás aprender a no acatar órdenes de un hombre fuera de sus cabales.

Mildred parecía más tranquilo que hace un par de horas.

Mildred:

Ya pronto podrá ir a dormir, lo aseguro; sólo necesito que me haga un pequeño favor.

Rensic levantó sus lentes para frotarse los ojos, los volvió luego a su lugar y se puso de pie limpiándose las ropas. Mildred levantó la carta que llevaba mientras proseguía.

Mildred:

Deseo que le entregue esta carta a Sir Rodas. Es de suma importancia y debe leerla lo antes posible. Luego de ello, puede dormir cuanto guste.

Rensic:

S... sí, señor. Gracias.

Rensic dio un par de pasos hacia adelante para tomar el documento, y luego bajando la cabeza se escabulló por el pasillo para emprender su camino hacia la prefectura, lugar en donde esperaba encontrar al caballero. Pensaba en el camino sobre Mildred, sobre cómo habían tan pocas cosas que podían sacarle de su tan particular forma de ser; sin duda su mayor debilidad era su hermano Milton, a quien respeta y vela por su seguridad en todo momento, aunque muchas veces vea contrariados sus planes y estrategias. Definitivamente Milton es la única persona por quien Mildred sería capaz de dejarlo todo.

El camino hacia la prefectura fue expedito. Pronto comunicó a los guardias sobre la razón de su presencia, y ellos le explicaron que en esos momentos Sir Rodas se encontraba en una audiencia con Sir Grendell y el capitán D'Aubigne.

Guardia:

Lo siento, pidió que no se le interrumpiese. Pero ya llevan tiempo en el despacho de Sir Grendell, puede ser que pronto salga. Si desea puede esperar, o bien entregarme el sobre para que yo se lo haga llegar apenas termine.

Rensic:

E... está bien. Puedo esperar...

La verdad es que dudaba que pudiera, el sueño era terrible, pero Mildred le había dicho que él le entregara la carta, y él se la entregaría.

Rensic:

... ¿Dónde podría...?

La puerta del despacho de Sir Grendell se abrió y tanto el guardia como Rensic dirigieron la mirada. Sin cerrar aún la puerta, Sir Rodas les miraba con cara extrañada. No era común ver a un joven de la Organización Schellden en la prefectura. Rensic se apresuró y de a brincos llegó al lado del caballero.

Rensic:

S... señor Rodas, el señor Mildred le envía esta carta. Dice que es importante, y que... *bostezo*

De verdad estaba cansado, y no pudo evitar bostezar en medio de su frase. A Sir Rodas no pareció molestarle, es más, esbozó una sonrisa. Estiró el brazo para tomar la carta que Rensic le extendía.

Sir Rodas:

Muchas gracias, joven Rensic. La leeré en la brevedad. Ahora será mejor que vaya a dormir. Guardia, necesito que informe a los hombres de la escuadra del capitán D'Aubigne que al atardecer...

Ambos comenzaron a caminar hacia otro sector de la prefectura. Rensic había cumplido su misión y ya podía dormir. Al girarse, sin embargo, vio que la puerta del despacho de Sir Grendell había quedado abierta. La curiosidad le picaba, esa curiosidad que le había llevado por el camino científico, no una vez le ha llevado a situaciones complicadas; pero no lo podía evitar. "Sólo cerraré la puerta" fue su pensamiento consciente, pero era seguro que antes de hacerlo no podría evitar echar una mirada al interior.

Así lo hizo. Llegó hasta la puerta y vio en el interior al caballero Cid Grendell sentado frente a una mesa de madera, conversando despreocupadamente con el capitán Joseph D'Aubigne. Ninguno de los dos parecía haber notado que la puerta había quedado abierta y que alguien les observaba detrás de ella.

Sir Grendell:

... un buen trabajo, en realidad. Nadie de los no involucrados sospecha nada, salvo por excepción siempre, nuestro querido Rey.

D'Aubigne:

Oui, monsieur. Tomó un poco más de tiempo eliminar a Jarlians, pero no fue difícil, para nada. Además, que hiriera a uno de mis camarades ayudó bastante a ocultar la verdad.

¿Eliminar a Jarlians? Rensic apenas podía creer lo que acababa de escuchar. Sintió de inmediato que el sueño que tenía desaparecía y un sudor frío comenzaba a recorrer sus sienes. El corazón se le aceleraba y la respiración se le entrecortaba.

Sir Grendell:

Magnífica labor, Joseph, sabía que podía contar contigo. Es más, Rodas sigue cumpliendo su papel. Todo está marchando a la perfección. Ya pronto nuestro falso rey caerá y Feliad podrá tomar el trono que siempre le perteneció.

¿Qué fue lo que le pasó a Jarlians? Rensic estaba confundido, y obviamente asustado. No podía comprender que una de las pocas personas que le han tratado especialmente bien haya sufrido algo terrible. ¿Con eliminar se refería a... matar? Y lo peor, ¿eliminado por un... soldado de Caerllion? Joseph D'Aubigne, ordenado por Sir Grendell... ¡de qué se trataba todo esto! Había algo dentro del propio Rensic que se negaba a creer lo que sus oídos habían captado. Todo esto se trataba de una conspiración contra el rey Daylon I, y en primer lugar había que borrar del mapa a su principal colaborador y aliado. Sí, de eso se trataba todo, una conspiración.